Hay preguntas que se nos pasan por la cabeza de vez en cuando y que, aunque parecen sencillas, son las más importantes de todas. ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Para qué me levanto cada mañana? Porque si no tenemos un motivo, llegará un día en que no nos levantaremos. Necesitamos un propósito, un objetivo que nos motive, y buena parte de nuestra felicidad está precisamente en descubrirlo. Todos hemos sido elegidos para vivir una vida que importa, y esa tarea, la de descubrir para qué, es personal e intransferible.
Muchas veces se nos olvida preguntarnos de dónde venimos y hacia dónde vamos. No es una cuestión teórica de filósofos: si no lo sabemos, no podemos elegir camino, y acabamos siguiendo la corriente que nos impone cualquier ideología del momento. Madre Teresa hablaba de esto al volver de sus viajes a Occidente: la pobreza espiritual, decía, es mucho más difícil de curar que la material. Por eso la mayor obra de caridad que podemos hacer es dar a conocer que hemos sido creados por amor y para amar.
Si miramos la inmensidad del universo y lo pequeños que somos, es fácil sentir vértigo. Vamos de un lado a otro, nacemos, crecemos, nos desarrollamos, y corremos el riesgo de acelerarnos sin saber muy bien hacia dónde ni por qué. Una amiga lo resumía así: «me siento como si fuera en un coche en reserva, a toda velocidad, pero sin saber hacia dónde voy». Cuando buscamos el sentido en tener seguidores, en estar guapos y delgados, en el dinero, en relaciones fáciles o en pasar horas frente a una pantalla, acabamos perdiendo nuestra identidad.
Muchas veces recordamos el sentido de la vida precisamente en los momentos difíciles: un fracaso profesional, un problema de salud, una ruina económica. Una cena con una familia dejó una huella especial en este sentido. En medio de la conversación, el padre de familia dijo algo sorprendente: «una de las mejores cosas que me han pasado en la vida es que me arruiné». Contó que tenía una familia estable y un negocio de construcción que iba bien, pero vivía de forma superficial, dedicando poco tiempo a los suyos y creyendo que ya cumplía bastante manteniéndolos. Entonces llegó la crisis, lo perdieron todo, tuvieron que irse a vivir a una casa prestada, y quienes creían amigos dejaron de contestar al teléfono por miedo a que les pidieran dinero. Fue entonces cuando descubrieron quiénes eran sus verdaderos amigos. «Bendita crisis, bendita hora en que me llegó esa ruina», decía, porque en ese momento su matrimonio se unió más que nunca, sus hijos asumieron responsabilidades, y como familia empezaron a rezar juntos el rosario, pidiendo ayuda a la Virgen. Aquella ruina se convirtió en la ocasión de hacer de su casa un verdadero hogar cristiano. En esa historia se cumplía lo que dice san Pablo: todo es para bien de los que aman a Dios. El sentido de la vida no está en el éxito, la fama o el dinero, sino en una vida de amor y entrega a los demás.
Muchas veces sabemos qué hacemos, incluso cómo hacerlo, pero no sabemos por qué lo hacemos. Podemos tener motivaciones válidas —ganar dinero, estar en forma, ser mejores—, pero el único motivo que de verdad da sentido a cada mañana es hacer felices a los demás: a la familia, a los amigos, a quienes nos rodean. Hoy el gran peligro no es tanto llevar una vida desenfrenada como quedarse encerrado, sin salir, dejando pasar los días entre series y pantallas por falta de un propósito. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a elegir no lo que de verdad queremos, sino lo que ya está ahí, lo que toca, y acabamos malgastando el tiempo en lugar de aprovecharlo.
Para encontrar ese propósito hace falta descubrir tres cosas: nuestro origen, nuestro sentido y nuestra meta. El origen está en Dios: no somos un producto aleatorio de la naturaleza, sino que Dios nos ha soñado desde antes de la creación del mundo y nos ha hecho por amor. El sentido es vivir para amar a Dios y hacer felices a los demás, aportando nuestro granito de arena a la historia. Y la meta es la felicidad, ya en esta vida y para siempre en el cielo, recordando que la felicidad no está en la comodidad, sino en un corazón enamorado. En Jesucristo encontramos ese sentido completo: venimos de una mano amorosa y nuestra meta es el cielo. Dios te ama incondicionalmente y te ha creado para tener una relación de amor con él. Y si alguien dice «no soy una persona religiosa», basta con preguntarle si ama a los demás: como decía Madre Teresa, donde hay amor, ahí está Dios.
Hay un gesto sencillo que puede recordarnos todo esto cada día: la señal de la cruz. Ese gesto tan básico, aprendido de pequeños, nos recuerda que hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios, y para amar y servir a los demás. Al final, todos acabamos doblando la rodilla ante algo: si no es ante Dios por amor, corremos el riesgo de arrodillarnos ante nuestra propia imagen, el ego, el miedo, el dinero o las expectativas ajenas. Pero nunca somos más grandes que cuando nos arrodillamos ante Dios y nos levantamos para hacer felices a los demás. Dios nos ha creado a cada uno con talentos distintos para aportar algo único al mundo, y cuando él ocupa el centro de la vida, empezamos a vivir sin miedo, sabiendo que, como le dijo el ángel Gabriel a María, nada es imposible para Dios.
Descubrir todo esto tiene un nombre: vocación, el sueño de Dios para cada uno. Dios te ha creado de forma única, te ama con locura y ha pensado en ti desde toda la eternidad. Eres irrepetible, y tu Padre te mira desde el cielo y sonríe. Por eso podría decirse que hay dos días importantes en la vida: el día en que naces y el día en que descubres para qué. Todos tenemos una vocación, y todos la encontramos en la misma raíz: la llamada a amar y a ser amados, siempre en entrega hacia los demás. Dios te llama por tu nombre, como a un enamorado: «tú eres mío». Tiene un plan maravilloso preparado desde antes de la creación del mundo, un camino de felicidad que solo cada uno puede descubrir. Si ya has encontrado tu vocación concreta, lánzate a vivirla; si todavía no, no hay prisa, porque los tiempos de Dios son los mejores, y mientras tanto ya te ha llamado con claridad a vivir de amor y entrega. Todos, además, compartimos la vocación universal a la santidad. Nada hará más feliz a una persona que seguir aquello que Dios ha soñado para ella, porque Dios cuenta con cada uno para algo que solo esa persona puede hacer.
Para leer en el Evangelio
- Jeremías 1,5 (citado en el vídeo): «Antes de formarte en el vientre, te conocí».
- Isaías 43,1: «No temas, porque yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre: tú eres mío».
- Lucas 1,26-38: la Anunciación; «para Dios nada hay imposible».
- Romanos 8,28 (citado en el vídeo como «omnia in bonum»): «Todo contribuye al bien de los que aman a Dios».
Preguntas para la reflexión
- Si tuviera que responder ahora mismo «para qué me levanto cada mañana», ¿qué contestaría? ¿Me convence esa respuesta o la vivo un poco de forma automática?
- ¿Hay algún momento difícil en mi vida (una pérdida, un fracaso, una crisis) que, mirado con perspectiva, me ayudó a redescubrir lo esencial?
- ¿Ante qué «me arrodillo» habitualmente sin darme cuenta —la imagen, el miedo, las expectativas de otros—, y qué cambiaría si pusiera a Dios en ese lugar?


