La misericordia de Dios lo hace todo nuevo - (El mayor atributo de Dios y la misericordia que nos sana)

La misericordia de Dios hace todo nuevo

¿Has hecho alguna vez algo en tu vida que hasta te da asco a ti mismo? No te preocupes: Dios lo perdona todo. Es normal, en algún momento, sentir que hemos cometido un pecado grande que nos corroe por dentro, o llevar una herida causada por otro que nos deja paralizados. En esos momentos solemos buscar a alguien que nos escuche sin juzgarnos, que nos comprenda y nos ayude a levantarnos. Podemos haber caído en robos, injusticias, infidelidades, adicciones, o en el gran pecado de nuestro tiempo, el aborto; pero no hace falta cometer grandes pecados para necesitar misericordia, porque cualquier pecado es ya una ofensa seria a Dios.

Es precisamente ahí, al descubrir nuestra propia miseria, donde los cristianos encontramos a un Dios que no nos mira con juicio, sino con amor: «tranquilo, te sigo mirando con los mismos ojos de enamorado, y puedo sanar tu alma y darte un corazón nuevo». Da igual lo que hayamos hecho: si nos arrepentimos, Dios perdona, porque su amor es incondicional. Como dice uno de los versículos más queridos de la Escritura: «con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia contigo».

La misericordia es el amor de Dios en el momento en que se encuentra con nuestra debilidad, y en lugar de apartarse, se inclina para abrazarnos y levantarnos, haciéndolo todo nuevo. Es un amor más fuerte que el pecado y que la muerte: nos ama no a pesar de nuestros fallos, sino con ellos, y tiene poder para perdonarlos y darnos un corazón nuevo con el que recomenzar. Dios conoce todo lo bueno y todo lo malo que hay en nosotros, y aun así nos sigue amando igual; cuando caemos, nos mira con ternura y nos anima a levantarnos. El mayor peligro, cuando hemos hecho algo que nos avergüenza profundamente, no es el pecado en sí, sino la desesperanza: pensar que ya no hay salida. Por eso, en esos momentos, conviene ir corriendo hacia la misericordia de Dios, que devuelve la paz y permite siempre volver a empezar.

Hay tres claves para descubrir esta misericordia en la propia vida.

La primera es reconocer que todos tenemos heridas y necesitamos misericordia. Algunas vienen de fuera: una experiencia familiar dura, un desamor, una humillación, un daño que no logramos perdonar. Otras nacen de nuestros propios pecados, de esas cosas que pensábamos que nunca haríamos y que, al mirarlas, nos hacen preguntarnos «¿cómo pude hacer eso?». El problema no suele ser tanto el pecado como el hecho de no perdonarnos a nosotros mismos, algo que puede acabar destrozándonos por dentro. Por eso conviene poner todas las heridas y miserias ante la misericordia de Dios, dejar que perdone con su amor incondicional y dé un corazón nuevo. El primer paso, en este sentido, es sencillo: reconocerse pecador. Da igual si se trata de grandes pecados o de fallos pequeños protegidos por la gracia: todos necesitamos misericordia. Podemos parecernos a san Pablo, que perseguía a los cristianos, o a san Agustín, grandes pecadores convertidos; o parecernos más al Santo Cura de Ars o a santa Teresita de Lisieux, que no cometieron pecados graves, pero que atribuían eso mismo a que la misericordia de Dios se había adelantado en sus vidas, quitando piedras del camino. San Josemaría Escrivá se definía a sí mismo como «un pecador enamorado de Jesucristo». Ser cristiano no consiste en ser perfecto, sino en encontrar a Jesús y seguirlo con las propias caídas: no porque seamos fuertes, sino precisamente porque somos débiles y necesitamos un salvador. El santo no es el que nunca cae, sino el que cae y se levanta, porque, como decía san Francisco de Asís, «nuestra miseria es el trono de la misericordia de Dios». El mismo Jesús lo dijo con claridad: «no he venido a llamar a los sanos, sino a los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador; lo que de verdad le duele es la soberbia, el creer que no le necesitamos.

La segunda clave es descubrir cómo esta misericordia lo hace todo nuevo. No se trata de pensar en los propios pecados para hundirse en la culpa, sino de dejarse llenar por un amor que sana el corazón. Recordar el propio pecado, mirado a la luz de la misericordia, puede convertirse incluso en motivo de alegría, porque nos recuerda cuánto hemos sido amados. Un ejemplo lo ilustra bien: en Nicaragua, un hombre entregado por completo a la evangelización —catequesis, visitas a enfermos, apostolado— contó su historia. De joven llevaba una vida desordenada, bebía en exceso, pasó por la cárcel por un hurto, y su mujer terminó dejándolo. Al salir de prisión, unos seminaristas que hablaban de Dios en su pueblo le hicieron descubrir que Dios era todo amor y misericordia, capaz de sacar a cualquiera de cualquier situación. Desde ese día cambió su vida: se confesó, ordenó su vida cristiana, y tras tres años de oración su mujer aceptó volver con él. Hoy dedica parte de su tiempo a cuidar de su familia y otra parte a dar catequesis, repartir alimentos y visitar presos. Su conclusión resumía todo: «Dios, con su misericordia, me perdonó mi vida pasada y me ha hecho un hombre nuevo». Como recordaba el papa Francisco, uno no es realmente cristiano hasta que no se siente salvado por Jesucristo. Al descubrir esta misericordia, uno se vuelve más humilde, juzga menos a los demás y confía más en Dios. Por eso, en la liturgia de la Vigilia Pascual, se canta algo tan sorprendente como «feliz culpa, que mereció tan gran redentor»: incluso el pecado original, con todo su dolor, puede mirarse con gratitud, porque hizo posible la venida de Cristo. Como decía santo Tomás de Aquino, usar de misericordia es lo más propio de Dios, y es ahí, especialmente, donde se manifiesta su omnipotencia.

La tercera clave es confiar siempre en la misericordia de Dios. Pensar que se ha cometido un pecado que Dios no puede perdonar es, en realidad, no confiar del todo en su misericordia: ¿acaso hay pecado más grande que la misericordia infinita de Dios? San Pablo lo dijo con fuerza: «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Si alguien siente que está atrapado en un defecto o un vicio del que no logra salir por más que lo intenta, quizá el problema no sea la debilidad en sí, sino no confiar en que la misericordia de Dios puede mucho más de lo que imaginamos. Como decía el Santo Cura de Ars, «nada ofende tanto al buen Dios como dudar de su misericordia». El perdón de Dios no tiene límites; como recordaba el papa Francisco, «Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón». Por lejos que alguien se haya alejado, siempre se puede volver: los brazos de Dios están abiertos, por sucios que nos sintamos. Hay una imagen sencilla que ayuda a entenderlo: alguien caminaba por la playa cuando una ola le mojó los zapatos, dejando una gota de agua en su mano, que devolvió al mar casi sin pensarlo. Una voz interior le preguntó: «¿ves esa gota? Así son tus pecados y tus debilidades. Si ahora buscaras esa gota en el mar, ¿podrías encontrarla?». «No, Señor», respondió. «Entonces, ¿por qué sigues buscándola?». Cuando Dios perdona, olvida.

La mejor manera de experimentar esta misericordia de forma concreta es acudir al sacramento de la confesión, para escuchar de viva voz: «yo te perdono tus pecados». Si es una buena confesión, puede convertirse en uno de los días más felices de la vida. Y si la idea de la misericordia de Dios resulta a veces abstracta, conviene mirar a Jesús, su rostro visible: en el Evangelio nunca acusa, siempre perdona con una ternura inmensa. Y cuando los propios pecados parecen demasiado grandes como para atreverse a mirarlo directamente, siempre queda el recurso de acudir primero a su madre, María, Reina y Madre de Misericordia, que enjuga las lágrimas y lleva de la mano hasta Jesús. En la escena de la Pasión en la que Jesús, camino del Calvario, se encuentra con su madre, se puede imaginar el diálogo: ella diciéndole con la mirada «hijo mío, yo estoy contigo», y él respondiendo «madre, yo hago nuevas todas las cosas», antes de levantarse y seguir camino, para, con su muerte y resurrección, hacerlo todo nuevo también en cada uno de nosotros.

Para leer en el Evangelio

  • Lucas 15,11-32: la parábola del hijo pródigo.
  • Lucas 5,31-32: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
  • Salmo 103 (102),1-5: «Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias».
  • Juan 8,1-11: la mujer sorprendida en adulterio: «tampoco yo te condeno; vete y no peques más».
  • Ezequiel 36,26: «Os daré un corazón nuevo, os infundiré un espíritu nuevo».

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Hay algún pecado o herida en mi vida que llevo «buscando» en el mar, sin dejar que la misericordia de Dios lo haya soltado de verdad?
  2. ¿Reconozco alguna vez la tentación de pensar que hay algo «demasiado grande» para ser perdonado? ¿Qué me diría esta reflexión al respecto?
  3. Si hoy fuera a confesarme o a hablar sinceramente con Dios de lo que llevo dentro, ¿qué le diría primero?

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