Jesucristo trajo al mundo la revolución del amor de Dios y lo transformó todo. Su vida, sus enseñanzas y su persona dejaron una huella imborrable, y su influencia sigue transformando el mundo. Conocer la verdad de Dios, la verdad del hombre y la verdad del mundo nos permite mirar la vida con otros ojos, con una perspectiva sobrenatural. La fe católica responde a los grandes interrogantes del ser humano a través de Jesucristo, plenitud de la revelación: nos da un sentido, un motivo por el que levantarnos cada mañana, el secreto de la felicidad, sentido para nuestros sufrimientos, y una meta, el cielo, que nos llena de esperanza.
Pero esta revolución de amor que Jesucristo trajo al mundo sigue hoy contigo: antes de extenderla, debe empezar en cada uno de nosotros. Jesús nos llama a la metanoia, la conversión personal. En griego, este término implica ir más allá de nuestra propia mente, de nuestra forma habitual de pensar: es emprender un camino de cambio interior. Si queremos cambiar el mundo, tenemos que empezar por cambiarnos a nosotros mismos. Hoy está de moda hablar de «ser la mejor versión de uno mismo», y es una idea buena, pero más honda todavía es la llamada a ser santos. Algunos necesitan un cambio radical, como san Pablo o san Agustín; otros ya llevan tiempo viviendo una fe fervorosa, pero necesitan seguir creciendo. En cualquier caso, la conversión inicial siempre va seguida de sucesivas conversiones: todos necesitamos, una y otra vez, esta revolución de Dios en nuestra vida.
Ahí entra la batalla más grande de todas: la lucha contra uno mismo. Como decía Aristóteles, es más valiente quien conquista sus propios deseos que quien conquista a sus enemigos, porque la victoria más difícil es la que se gana sobre uno mismo. Es la lucha por ser dueños de nuestra propia vida, por dejar que Dios sea el centro, contando con nuestra inteligencia y voluntad, pero también con la gracia de Dios, que nos hace capaces de una vida sobrenatural. El venerable Fulton Sheen lo resumía así: Jesús comenzó su vida pública diciendo «Venid», y la terminó diciendo «Id». Primero, estar con Jesús y dejarnos transformar por él; después, salir al mundo a compartirlo.
Para que esta conversión tenga un fundamento sólido, hace falta apoyarla sobre unos pilares firmes. Se proponen cuatro: conocer a Dios (el Credo), tocar a Dios (los sacramentos), vivir como hijo de Dios (la moral cristiana) y hablar con Dios (la oración).
El primer pilar es conocer a Dios. Todo empieza por el conocimiento, porque no se puede amar lo que no se conoce, y cuanto más se conoce a alguien, más se le puede amar. Jesús mismo dijo: «esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado». Si para amar a una persona hace falta conocer sus ideales, su familia, sus sueños, sus miedos, lo mismo sucede con Dios, y la mejor manera de conocerlo es a través de Jesús, «imagen visible del Dios invisible». Leer el Evangelio es descubrir los sentimientos de Dios, lo que le ilusiona, lo que ama. Por eso la vida cristiana comienza por la fe y por formarse en la doctrina católica, como aconsejaba san Pedro: «creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo».
El segundo pilar es tocar a Dios, en los sacramentos. Al conocer a Dios descubrimos una meta que parece inalcanzable por nuestras propias fuerzas; por eso necesitamos dejar que Dios nos abrace con su gracia, porque, como dice la Escritura, «él nos amó primero». La gracia, como explica el catecismo, es una participación en la vida misma de Dios, una introducción en la intimidad trinitaria: solos no podemos, pero con la gracia de Dios lo podemos todo. En la confesión recibimos su misericordia; en la comunión, al mismo Dios que nos alimenta; en la unción de enfermos, la fuerza para sobrellevar la enfermedad. Todo comienza con el bautismo, que nos da el Espíritu Santo. Cuidar la vida sacramental es, por tanto, imprescindible para sostener la vida cristiana.
El tercer pilar es vivir como hijo de Dios, es decir, vivir de amor y al servicio de los demás, porque si no se vive como se piensa, se acaba pensando como se vive. Jesús nos dio un mandamiento nuevo —«amaos los unos a los otros como yo os he amado»— y la regla de oro: «amarás al prójimo como a ti mismo». Conocer a Dios y recibir su gracia en los sacramentos deben llevar, necesariamente, a amar más a Dios y a los demás. No basta con recibir formación, ir a misa, confesarse o pertenecer a un grupo cristiano: si al mismo tiempo no se pone orden en la propia vida —si se vive dominado por los vicios, la pereza o el egoísmo—, será muy difícil vivir como cristiano de verdad. Este tercer pilar, la moral cristiana, se resume en el amor a Dios y el amor al prójimo, y es, en el fondo, el camino de la felicidad.
El cuarto pilar es hablar con Dios, en la oración. Igual que el amor entre dos personas necesita cuidado y trato continuo para no enfriarse, la relación con Dios necesita esa cita diaria que es la oración. Como enseñó santa Teresa de Jesús, la oración es «tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama», o, como lo define el catecismo recogiendo a san Juan Damasceno, «la elevación de la mente y del alma a Dios». Es el momento en que el monólogo interior se convierte en diálogo, en que se escucha lo que Dios quiere decir al corazón. Todos tenemos un mundo interior donde no entra nadie más; ahí es donde Dios habla como un amigo habla con otro amigo, como hablaba Moisés con Dios «cara a cara». Por eso Jesús enseñó a orar «para que vuestra alegría sea completa».
Estos cuatro pilares —conocer, tocar, vivir y hablar con Dios— no son una invención personal: son las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia Católica, y ya aparecen descritas en los Hechos de los Apóstoles al hablar de la primera comunidad cristiana: «todos perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles, en la vida en común, en la fracción del pan y en las oraciones». Todos ellos, además, se apoyan en una única piedra angular: Jesucristo. Como escribía san Pablo, «en él, todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor». Para conocer a Dios hay que conocer a Jesucristo; para tocarlo, tocarlo en los sacramentos; para vivir como hijo de Dios, vivir como vivió él; para hablar con Dios, tratar con él en la oración.
Esta es, en definitiva, la revolución de los santos de la que hablaba Madre Teresa de Calcuta, o la llamada de Benedicto XVI a ser santos en medio del mundo. Hoy puede ser una buena ocasión para revisar cómo va cada uno de estos cuatro pilares en la propia vida: dónde me formo, cómo vivo los sacramentos, cómo es mi vida moral en familia y en el trabajo, y qué lugar tiene la oración en mi día a día.
Para leer en el Evangelio
- Juan 17,3: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado».
- Juan 13,34: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado».
- Mateo 22,37-39: el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.
- Juan 15,11: «Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena».
- Hechos 2,42: la vida de la primera comunidad cristiana: doctrina, comunión, fracción del pan y oración.
Preguntas para la reflexión
- De los cuatro pilares —conocer, tocar, vivir y hablar con Dios—, ¿cuál tengo más descuidado ahora mismo, y qué pequeño paso concreto podría dar esta semana para cuidarlo?
- ¿Cómo describiría hoy mi vida de oración: es un verdadero diálogo o más bien un monólogo, algo esporádico o algo con un espacio fijo en mi día?
- Jesús pasó de decir «venid» a decir «id». ¿Estoy más instalado en el «venid» (recibir, formarme, cuidar mi relación con Dios) o en el «id» (salir, compartir, servir)? ¿Hacia dónde necesito moverme?


