¿Qué es el amor? – (La fuerza que mueve el mundo y La locura del amor de Dios)

¿Qué es el amor?

¿Cuántas veces has usado la palabra «amor» sin saber realmente lo que significa? Es una pregunta que merece la pena hacerse, porque lo que mueve el mundo y la historia no es, en el fondo, ni el poder ni el dinero: es el amor. Para los cristianos, el amor es la esencia y el corazón de la fe, y sin embargo muchas veces no sabemos bien qué es. Tanto es así que muchos matrimonios, familias, noviazgos y amistades se rompen por no entenderlo de verdad. Las personas verdaderamente felices son las que han aprendido a vivirlo bien.

Una anécdota lo ilustra de forma curiosa. En una hamburguesería, dos sacerdotes hacían cola detrás de un hombre llamativo, con collar de oro y reloj de lujo, que se giró y les preguntó, en inglés, de qué iban disfrazados. Al saber que eran sacerdotes de Jesucristo, se sorprendió: nunca había visto uno en persona. Se hizo una foto con ellos y, más tarde, volvió a la mesa con una pregunta más seria: «¿en serio creéis que vuestro Dios se hizo hombre?». Al confirmárselo, y al escuchar que ese Dios enseña a amar hasta dar la vida, incluso a los enemigos, reaccionó con asombro: «eso es imposible, eso es una locura». La respuesta que recibió fue sencilla: «es verdad, eso es imposible… pero con Dios se puede todo. Es la locura de Dios».

Y es que, aunque solemos hablar del amor como si fuera solo el amor romántico, el amor verdadero es algo mucho más grande. Santo Tomás de Aquino lo definió de una forma que recoge también el Catecismo: el amor es querer el bien del amado. No es simplemente sentirse bien, sentir pasión o mariposas en el estómago —eso está bien, pero no es lo esencial—, sino buscar activamente el bien del otro.

En castellano usamos una sola palabra, «amor», para cosas muy distintas: amo el fútbol, amo la pizza, amo a mi novia, amo a Dios. Los griegos, en cambio, tenían tres palabras distintas, que ayudan a entender mejor de qué estamos hablando: eros, filia y ágape.

Eros es el amor que busca poseer al amado, que nos saca de nosotros mismos por la admiración de otra persona. Es la pasión amorosa, el enamoramiento, ese arrebato que se impone casi como una locura divina. Es bueno, porque despierta el interés por algo que se nos presenta como bello. El problema llegó cuando, en la comprensión moderna, el eros se redujo a lo simplemente erótico, convirtiéndolo en mera atracción sexual y a la otra persona en un medio para la propia experiencia, en lugar de un fin en sí misma. Los griegos nunca lo entendieron así: para ellos el eros era mucho más profundo.

Filia es el amor entre semejantes: el amor de amistad, el que tenía Jesús con sus discípulos. Está presente en palabras que usamos sin darnos cuenta, como «filantropía» (amor a la humanidad) o en el nombre de la ciudad de Filadelfia (la ciudad del amor fraterno). Es el sentimiento de hermandad entre compatriotas, entre compañeros de equipo o de clase, el amor por toda la humanidad sin distinción de raza, color o religión, simplemente por haber sido creados a imagen de Dios.

Ágape es el amor de entrega incondicional, sacrificado, que busca el bien del amado por encima de todo. Era una palabra griega poco usada, sin un significado fijo, hasta que un amor nuevo entró en el mundo: el amor de Dios por los hombres. Ni eros ni filia bastaban para expresarlo, así que ágape se convirtió en la palabra capaz de nombrar ese amor de entrega total, y aparece más de 250 veces en el Nuevo Testamento. Es fácil amar a quien nos ama; amar hasta dar la vida, incluso por quien no nos ama, es otra cosa: es una locura, algo heroico. Ese es el amor de Jesucristo por nosotros, resumido en el que muchos consideran el versículo más importante de la Biblia: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna».

En el amor auténtico, eros y ágape no se oponen: se complementan. El eros —el enamoramiento que nos saca de nosotros mismos— madura y crece hasta convertirse en ágape —la entrega que busca el bien del otro—. Una madre que ha disfrutado de las miradas cómplices con su hijo y que también se ha sacrificado por él vive las dos dimensiones de un único amor. El eros que asciende hasta el ágape es la perfección del amor: así es como Dios nos ama, con pasión y con entrega incondicional a la vez. Benedicto XVI dedicó a esto su primera encíclica, titulada precisamente Deus caritas est, «Dios es amor»: un texto breve pero denso, que merece la pena leer.

Existe un gran peligro hoy en la comprensión del amor, y es reducirlo a un simple sentimiento. Una mujer casada dijo en cierta ocasión: «voy a dejar a mi marido porque ya no lo siento; si no lo siento, es como si le estuviera engañando». Pero, ¿quién dijo que el amor es solo un sentimiento? El amor es mucho más: es querer el bien del otro. Los sentimientos van y vienen; el amor verdadero permanece. Nadie llama a su jefe una mañana para decirle que no va a trabajar porque «no lo siente», ni un deportista deja de entrenar cada vez que no le apetece: sabe que hay días con más ganas y días con menos, y aun así se entrega. Sin embargo, hemos dejado que esta idea absurda del puro sentimentalismo se cuele en las cosas más importantes de la vida —el matrimonio, el noviazgo, la familia, la amistad— y que nuestras relaciones dependan de lo más variable que existe: el sentimiento. Los sentimientos son buenos y forman parte del amor, ayudan a hacer el bien, pero no son lo más importante. Tampoco se trata de reprimirlos, sino de ordenarlos: cuando impulsan a hacer el bien, se acogen; cuando no ayudan, se dejan pasar sin que desvíen el rumbo.

El ser humano ama, de hecho, con todo lo que es: con la inteligencia, porque solo se puede amar lo que se conoce; con la voluntad y la libertad, porque amar es una decisión libre de querer el bien del otro; con los sentimientos, que despiertan y sostienen el amor; y con el cuerpo, que lo expresa con un abrazo, una caricia, un beso. Sería extraño pensar en una hija que quiere mucho a su madre y nunca la ha abrazado. La Biblia lo resume así: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser». Hay una imagen preciosa para entender esto: el ser humano como un barco de vela. El timón es la inteligencia, que marca el rumbo; los remos son la voluntad, que hace avanzar el barco aunque no haya viento; la vela son los sentimientos, que se despliegan cuando el viento —las ganas, la ilusión— sopla a favor; y la cubierta es el cuerpo, que mantiene el contacto con el mar. Cuando los sentimientos empujan hacia la meta —amar a los demás—, se despliegan las velas; cuando soplan en contra, se recogen, y se sigue avanzando con el timón y los remos, esperando a que vuelva un viento favorable. Así lo describía también san Pablo en el capítulo 13 de su primera carta a los Corintios: «el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta; no acaba nunca».

Con todo esto ya se puede entender mejor la locura de amor que pide Jesús en el Evangelio: amar hasta dar la vida, amar incluso al enemigo. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos», dijo, y también: «amad a vuestros enemigos». No pide que sintamos afecto por todo el mundo, ni que nos llevemos bien con quien nos ha hecho daño —eso no siempre es posible—, sino que elijamos querer su bien, que elijamos perdonar, porque el resentimiento acaba destrozando la propia vida. Ahí aparece el ágape cristiano, que responde al mal con un amor capaz de buscar el bien del otro. Amar a quien nos ama lo puede hacer cualquiera; amar a quien nos ha herido solo lo puede hacer quien antes ha recibido el amor de Dios. El ágape, para nosotros solos, es imposible; para Dios, todo es posible.

Hay un pasaje del Evangelio que muestra esto de forma muy bella: el encuentro de Jesús resucitado con Pedro a orillas del lago de Tiberíades, una mañana de primavera, poco después de la Resurrección. Pedro y otros apóstoles habían estado pescando toda la noche sin éxito; siguiendo la indicación de Jesús, echan las redes una vez más y la pesca es abundante. Juan reconoce al Señor, y Pedro, apenas vestido, se lanza al agua para llegar hasta él. Allí encuentra un fuego con un pez y pan preparados, una escena que le recuerda dolorosamente otro fuego, diez días antes, junto al cual había negado tres veces conocer a Jesús. Entonces Jesús le pregunta, tres veces, «¿me amas?». En el griego original del pasaje se usan dos verbos distintos: Jesús pregunta con ágape —«¿me amas con este amor de entrega total, hasta dar la vida?»—, y Pedro, consciente de su propia fragilidad tras haber negado a Jesús, responde con humildad usando filia —«tú sabes que te quiero con mi pobre amor humano de amistad»—. Jesús insiste dos veces con la misma pregunta de ágape, y Pedro responde dos veces con su filia, su amor limitado. La tercera vez, sin embargo, es Jesús quien cambia de palabra y pregunta con filia —«¿me quieres con tu pobre amor de amistad?»—, como adaptándose a la capacidad real de Pedro. Este se entristece, pero responde con sinceridad: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Y Jesús, aceptando ese amor pequeño tal como es, le confía sus ovejas.

Esta escena es una fuente de esperanza para cualquiera que haya experimentado su propia infidelidad o debilidad: Jesús se adapta a la pobre capacidad de amar de cada uno, y desde ahí la va transformando. Nunca encontraremos, en este mundo, un amor perfecto; todos prometemos un amor que solo Dios puede sostener del todo. Por eso se puede ir a Jesús, ofrecerle la propia filia, el propio amor humano y limitado, y pedirle que lo vaya transformando en ágape, en amor divino de entrega. Dios es la fuente de ese amor, la fuerza más poderosa del mundo y, en el fondo, el secreto de la felicidad. Todos los misterios de la fe cristiana —que Dios haya creado un mundo tan hermoso, que se haya hecho hombre y haya muerto en una cruz, que se quede presente en un trozo de pan en la Eucaristía— solo se entienden en clave de amor: como una locura de amor de Dios. Como decía san Agustín, resumiendo todo esto en una sola frase: «ama, y haz lo que quieras», porque quien ama de verdad no puede hacer sino el bien.

Para leer en el Evangelio

  • Juan 3,16: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…».
  • Juan 15,13: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».
  • Mateo 5,44: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen».
  • 1 Corintios 13,4-8: el himno al amor de san Pablo («el amor es paciente, es servicial…»).
  • Juan 21,15-19: el diálogo de Jesús resucitado con Pedro a orillas del lago.

Preguntas para la reflexión

  1. Si tuviera que distinguir en mi vida entre eros, filia y ágape, ¿en qué relaciones concretas reconozco cada uno de estos amores?
  2. ¿Alguna vez he dejado que un sentimiento pasajero decidiera algo importante en una relación, olvidando que el amor es, sobre todo, una decisión de querer el bien del otro?
  3. Como Pedro, ¿qué «pobre amor» —limitado, con miedos o infidelidades— podría ofrecerle hoy a Dios tal como es, confiando en que él lo puede ir transformando?

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