¿Te has preguntado alguna vez cómo será el fin del mundo, o qué sucede cuando alguien muere? Es una de las búsquedas más frecuentes en internet, y no es de extrañar: nuestro deseo de felicidad nos empuja siempre a mirar hacia delante, a preguntarnos si hay algo después de esta vida. A veces porque estamos sufriendo y ponemos ahí la esperanza; otras, por un anhelo de trascendencia que la vida cotidiana no llega a satisfacer del todo. Parece que la existencia humana tiene una especie de alergia a los límites: buscamos siempre más, sin que nada termine de saciarnos por completo. El cuerpo tiene fronteras claras —a partir de ciertos límites, el placer se convierte en sufrimiento—, pero no hay límite al deseo del alma: ni al conocimiento que se puede alcanzar, ni al amor que se puede dar, ni a la belleza que se puede contemplar. Siempre se quiere más, y por eso la imaginación humana no deja de pensar en lo que hay más allá.
Con la forma de vivir nos estamos jugando algo mucho mayor que el dinero, la salud o las amistades: nos estamos jugando la felicidad, ahora y para siempre. Lo que hacemos en esta vida tiene su eco en la eterna, como decía la conocida frase de la película Gladiator. No sabemos cuándo llegará el fin del mundo, pero sí sabemos, por lo que Dios ha revelado, qué sucederá al final de los tiempos. A este estudio se le llama escatología —del griego éschaton, «lo último»—, y desde la Iglesia primitiva se han enseñado cuatro «novísimos»: muerte, juicio, cielo e infierno. Se puede resumir todo en seis pasos, que sirven no tanto para satisfacer la curiosidad como para recordar cuál es la meta de la vida y afrontar con esperanza, y no con pánico, el momento final, propio o de la historia.
Primero, la muerte, el gran enigma humano, lo único absolutamente seguro que a todos nos espera. El alma es inmortal y subsiste tras la muerte, a la espera de la resurrección de los cuerpos. En el plan original de Dios la muerte no estaba prevista; es consecuencia del pecado original. Pero Cristo, que también murió, transformó esa maldición en bendición. Como decía santo Tomás Moro, «la tierra no tiene ninguna tristeza que el cielo no pueda curar». Para un cristiano, la muerte no tiene la última palabra, porque Jesucristo resucitó y venció a la muerte: «el amor es más fuerte que la muerte». El cariño que se ha tenido por unos padres, unos abuelos o unos amigos ya fallecidos no termina con su muerte; el amor permanece. Lo que sí termina con la muerte es el tiempo de merecer y de convertirse: después de ella ya no es posible arrepentirse ni cambiar de rumbo. Pensar en esto da una cierta urgencia a la vida: el tiempo es breve, y conviene vivirlo con responsabilidad.
Segundo, el juicio particular, que sucede en el mismo instante de la muerte. En él, cada persona se ve tal como realmente es. Se suele decir que hay tres versiones de uno mismo: lo que los demás piensan, lo que uno piensa de sí mismo —a menudo muy subjetivo— y lo que uno es de verdad, delante de Dios. Como escribe san Pablo, «todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo bueno o malo que hizo». Y el criterio de ese juicio no es el dinero conseguido ni los logros personales: como decía san Juan de la Cruz, «al atardecer de la vida se nos examinará del amor». Del juicio particular pueden derivarse tres destinos: cielo, infierno o purgatorio, aunque solo los dos primeros son definitivos y eternos.
El primer destino es el cielo: vivir para siempre en unión con Dios, la plenitud de amor y felicidad que colma todos los deseos, con una novedad que nunca se agota. Se puede intuir algo de esto en las experiencias más plenas de amor humano —un abrazo verdadero, un momento en familia o con quien se ama, en el que el tiempo parece detenerse—; el cielo sería algo así, multiplicado hasta el infinito. Como escribió san Pablo, es «lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana pudo concebir, lo que Dios tiene preparado para los que le aman». Santa Teresa de Jesús lo resumía con una frase sencilla: «el cielo es para siempre, para siempre, para siempre».
El segundo destino posible es el purgatorio: un estado de purificación para quienes mueren en gracia de Dios pero todavía no están completamente preparados para la plenitud del cielo. Quienes están ahí tienen ya la certeza de llegar al cielo; algunos incluso ven el purgatorio como una expresión de misericordia, que permite gozar después del cielo en toda su plenitud. La tradición cristiana ha sostenido siempre que se puede ayudar a los difuntos que están en este proceso a través de la oración, las misas y las buenas obras ofrecidas por ellos.
El tercer destino posible es el infierno: el estado de sufrimiento y separación eterna de Dios, la autoexclusión definitiva de su amor. A menudo se pregunta cómo un Dios bueno puede permitir que alguien vaya al infierno; la respuesta de esta tradición es que Dios no envía a nadie allí, sino que hace falta una decisión personal y persistente de rechazarlo. Lo único que se sostiene con certeza sobre el infierno es que existe y que es eterno; no se sabe cuánta gente, si es que alguien, lo habita —solo se afirma con certeza que Satanás y los ángeles caídos están ahí—. Jesús habla de él con frecuencia y con dureza, no para asustar sin motivo, sino como una llamada urgente a la conversión.
Tercero, la resurrección de los muertos, algo que solo puede acogerse desde la fe, sin comprenderlo del todo. Al final de los tiempos, los cuerpos mortales se transformarán y volverán a la vida, porque Dios resucitará a todos: los que hicieron el bien, para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Esto muestra la unidad de cuerpo y alma: del mismo modo que actuamos con ambos, seremos retribuidos en ambos.
Cuarto, la parusía, es decir, la segunda venida de Jesucristo en gloria al final de la historia. No se sabe cuándo sucederá; solo que será «el último día». Se anuncia que antes de esa venida habrá pruebas —terremotos, guerras, hambre, epidemias— y una gran persecución final. Pero la victoria última será de Jesucristo, que triunfa sobre el mal, de ahí la urgencia de llevar su mensaje a todos los rincones posibles mientras haya tiempo.
Quinto, el juicio final, en el que Cristo vendrá como juez supremo de toda la historia, retribuyendo a cada uno según el bien o el mal hecho en la vida, con el amor a Dios y al prójimo como criterio central: «cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Ante tanta injusticia y sufrimiento a lo largo de la historia —guerras, campos de concentración, barbaries—, esta visión sostiene que Dios calla por respeto a la libertad humana, pero no para siempre: se reserva la última palabra para este juicio final, donde todo quedará puesto en su sitio.
Sexto y último, los cielos nuevos y la tierra nueva. El mundo no será destruido, sino transformado, purificado por el fuego del amor de Dios. Hay una continuidad entre el Reino de Dios que ya se vive, de forma imperfecta, en esta tierra, y su plenitud futura: por eso se dice que el cielo —y también, de alguna manera, el infierno— empiezan ya ahora, aunque de forma incompleta, en la propia vida. De ahí aquella frase: «la felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra». Al final, según el libro del Apocalipsis, Dios «enjugará toda lágrima de los ojos, y ya no habrá llanto, ni muerte, ni duelo, ni dolor, porque el mundo viejo ha pasado». Será, en definitiva, el paraíso que Dios había soñado desde el principio para que la humanidad fuera infinitamente feliz, y «Dios será todo en todos».
No sabemos cuándo llegará el fin del mundo, pero eso no es lo importante: lo importante es aprovechar el tiempo que sí tenemos, sabiendo que es breve, para orientarlo hacia lo que de verdad permanece.
Para leer en el Evangelio
- Mateo 25,31-46: el juicio final, la separación de las ovejas y las cabras.
- Juan 14,1-3: «Voy a prepararos un lugar… volveré y os llevaré conmigo».
- 1 Corintios 15,20-26: la resurrección de los muertos y la victoria final sobre la muerte.
- Apocalipsis 21,1-5: los cielos nuevos y la tierra nueva; «enjugará toda lágrima de sus ojos».
- Romanos 8,38-39: «Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús».
Preguntas para la reflexión
- Si mi vida terminara hoy, ¿en qué me gustaría haber invertido el tiempo que me queda a partir de ahora?
- ¿Vivo con la conciencia de que «lo que hago ahora tiene eco en la eternidad», o suelo actuar como si solo importara el presente inmediato?
- Según el criterio del juicio final que aparece aquí —el amor concreto al prójimo—, ¿en qué relación o situación de mi vida podría vivir hoy ese amor de forma más tangible?
Nota: dado que este vídeo trata temas escatológicos (muerte, juicio, infierno) que pueden resultar sensibles, si este recurso se comparte en catequesis con adolescentes o con personas que puedan estar pasando por una pérdida reciente, quizá convenga introducirlo con cuidado o acompañarlo de un espacio para preguntas.


