El sueño de Dios: la Virgen María

El sueño de Dios: La Virgen María

¿Sabes quién es, según la tradición cristiana, la mujer más perfecta que jamás ha existido? Fulton Sheen decía que «todo amor comienza con un sueño». Es algo que sucede en el amor humano: muchos hombres, desde jóvenes, van formando en su imaginación un ideal de mujer, hecho de todo lo bueno y hermoso que han visto en su madre, sus hermanas, sus amigas, en experiencias y recuerdos, como un mosaico de belleza y virtudes. Y un día, esa mujer aparece, y algo dentro dice «es ella». Lo que se suele llamar «amor a primera vista» es, en realidad, amor a segunda vista: ya se había soñado antes en la imaginación, y encontrarla es como ver un sueño hecho realidad.

También Dios, según esta tradición, tuvo un sueño: soñó desde toda la eternidad con una mujer ideal, a la que pensó adornar con toda clase de hermosuras y virtudes. Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, ese sueño se hizo realidad en la Virgen María. María es, en este sentido, el sueño de Dios hecho persona; su Inmaculada Concepción existió primero en la mente divina, como un sueño largamente acariciado. Hay una comparación que ayuda a entenderlo: cuando alguien pinta un retrato de su madre, intenta pintarla de la forma más hermosa posible. Si Dios hubiera existido antes que su propia madre —y, siendo eterno, en cierto sentido así fue—, es razonable pensar que la habría creado perfecta. Por eso María es, en esta clave, «el primer amor del mundo», la mujer ideal que —según esta lectura— todo hombre desearía amar y toda mujer, en el fondo, desearía llegar a ser.

Cada 8 de diciembre se celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción, diecisiete días antes de Navidad. Puede sorprender, porque nueve meses no encajan con esa fecha, pero conviene aclarar que este dogma no se refiere a la concepción de Jesús —que también fue sin pecado original—, sino a la concepción de la propia María en el seno de su madre, santa Ana. Y conviene aclarar también algo importante: la tradición católica no sostiene que María sea extraordinaria por méritos propios, sino que toda su belleza viene de lo que Dios hizo en ella. Es, como se dice a veces, como la luna: su luz no es propia, sino reflejo del sol. Todo lo que hay de admirable en María remite a Dios, que actuó en ella, y a su propia respuesta libre: su «hágase» (fiat). Por eso, cuando se venera y se alaba a María, en el fondo se está alabando la obra de Dios. Como el pintor que, al ver a la gente admirar su mejor cuadro, dice: «el mejor halago que puedo recibir es veros disfrutar contemplando la obra». Algo parecido sucede con Dios cuando se venera a María.

Un viaje a Burundi, en África, dejó una huella especial en este sentido. En una aldea pobre del interior del país, en la humilde casa de la familia de un sacerdote amigo, la única imagen que decoraba las paredes era la de la Virgen Milagrosa, de pie sobre el globo del mundo, aplastando la cabeza de la serpiente. El padre de aquella familia habló con enorme cariño de su devoción mariana, orgulloso de pertenecer a un movimiento consagrado a la Inmaculada. Después, alguien comentó: «es impresionante, estamos en uno de los lugares más pobres del mundo, y aquí también nos hablan de la Virgen María». Esa devoción, en efecto, ha marcado la historia en lugares muy distintos: el Pilar de Zaragoza, Guadalupe en México, la Medalla Milagrosa en París, Lourdes, Fátima, y tantos otros.

¿Por qué importa tanto este dogma? Pueden señalarse tres grandes verdades que encierra.

La primera es que la Inmaculada muestra la fuerza radical de la misericordia de Dios, capaz de trascender el tiempo hasta el inicio mismo de la historia para preservar sin mancha a una criatura. El poder de la misericordia de Jesucristo no solo perdona y libera del pecado ya cometido, sino que también puede preservar de él. Por eso, cuando alguien se siente abrumado por sus propios pecados o miserias, mirar a la Inmaculada puede ser motivo de esperanza: la misericordia de Dios es capaz de alcanzar también el propio pasado para sanarlo y hacerlo nuevo. No hace falta temer acercarse a María pensando que se la va a «ensuciar» con los propios pecados: es ella quien envuelve con su pureza. Como decía san Josemaría, «a Jesús siempre se va y se vuelve por María», también cuando uno se ha apartado del camino.

La segunda verdad es que la Inmaculada recuerda que cada persona ha sido pensada por Dios desde toda la eternidad. Así como María fue «soñada» por Dios, cada ser humano también lo ha sido; no somos fruto del azar, sino queridos de antemano, como escribe san Pablo: «nos eligió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor». Fulton Sheen explicaba que Dios tiene en su mente una idea original de cada persona —lo que sueña que cada uno llegue a ser— y una realidad, la que efectivamente se va viviendo, con sus imperfecciones. Solo en una persona, según esta tradición, esas dos imágenes coinciden perfectamente: en María. Por eso la Inmaculada recuerda que también cada uno ha sido soñado por Dios, y que Dios lo quiere feliz.

La tercera verdad tiene que ver con la propia vocación a la santidad. La Inmaculada es, en este sentido, un modelo: Madre Teresa de Calcuta tenía una gran devoción al Corazón Inmaculado de María y enseñaba a aprender de él a estar atentos a Dios y a ser dóciles, para poder decir, como ella, «hágase». Puede parecer imposible aspirar a la santidad cuando uno sigue tropezando una y otra vez, pero, como dice el Evangelio, «para Dios nada hay imposible»: la misma gracia que actuó en María puede actuar también, poco a poco, en cada uno.

Hay una imagen sencilla que ayuda a entender cómo se explica este dogma: imaginemos una epidemia mortal y a un médico —llamémosle Emmanuel— que descubre una cura para quienes ya están contagiados, y también una vacuna que preserva de contagiarse a quienes aún no lo están. En ambos casos, el médico es el salvador, pero de dos formas distintas: curando o preservando. De manera parecida, según esta tradición, todos los demás seres humanos son «curados» del pecado por los méritos de Jesús; María, en cambio, fue «vacunada» de antemano: preservada del pecado original desde el primer instante, gracias a los mismos méritos de la Pasión, muerte y resurrección de Jesús, aplicados de forma anticipada. Esto se resume en una fórmula latina atribuida al beato Duns Escoto: potuit, decuit, ergo fecit —»pudo hacerlo, convenía que lo hiciera, luego lo hizo»—. La Iglesia proclamó este dogma de fe el 8 de diciembre de 1854, con la bula Ineffabilis Deus del papa Pío IX: la Virgen María «fue preservada de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción», por gracia y privilegio singular de Dios, en atención a los méritos de Cristo.

María es, así, «la llena de gracia», como la llamó el ángel Gabriel en la Anunciación: literalmente, en el griego original, «la llena de Dios». Y esa es, en el fondo, la aspiración que este relato propone para cualquier persona: ser, a su manera, «hombres y mujeres llenos de Dios».

Para leer en el Evangelio

  • Lucas 1,26-38: la Anunciación: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
  • Lucas 1,46-55: el Magníficat, el canto de María en casa de Isabel.
  • Génesis 3,15: el anuncio de la mujer que aplastará la cabeza de la serpiente.
  • Efesios 1,3-4: «Nos eligió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos».
  • Cantar de los Cantares 4,7: «Toda hermosa eres, amada mía, y no hay mancha en ti».

Preguntas para la reflexión

  1. Pensando en la idea de que «todo amor comienza con un sueño», ¿qué imagen tengo yo de la persona en la que me gustaría convertirme, y se parece a la que creo que Dios tiene de mí?
  2. ¿Me cuesta acercarme a figuras como María o a la propia oración cuando siento vergüenza por mis fallos? ¿Qué cambiaría si pensara que, al contrario, ahí es donde más se aplica la misericordia?
  3. ¿Reconozco en mi vida algún momento en que sentí que Dios me «preservó» de algo, más que rescatarme después de ello?

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