Muchas veces nos encontramos con personas que se preguntan qué quiere Dios que hagan con su vida. Es algo universal: queremos certeza, seguridad total, y nos preguntamos por qué Dios no habla con más claridad. Antes de responder a esto, conviene evitar un peligro frecuente: idealizar la vocación. Es habitual, sobre todo entre jóvenes que empiezan la universidad, llegar con un plan perfecto: estudiaré esto, conoceré a alguien en segundo curso, trabajaré un par de años, me casaré… No es mal plan, pero la vida real casi nunca se ajusta a lo planeado. Como se suele decir, «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes». No es una broma pesimista, es una invitación: es mucho mejor dejarse sorprender por lo que Dios tiene pensado, que suele ser mejor que lo que habíamos imaginado, y que además es real, no idealizado.
Hay largos periodos de la vida en los que no sabemos con certeza cuál es nuestra vocación, y en los que lo único que toca es esperar sin ir a ninguna parte hasta que llegue el momento de moverse. El problema es que a menudo vivimos instalados en la espera, sin disfrutar del presente: «cuando tenga novio seré feliz», «cuando me case seré feliz», «cuando tenga un hijo seré feliz», «cuando pague la hipoteca seré feliz»… y se nos olvida intentar ser santos aquí y ahora, en el lugar donde estamos.
Buscamos certezas, pero en realidad queremos que Dios nos lo ponga todo fácil, que nos vaya marcando cada paso sin contar con nuestra libertad y nuestra inteligencia. Lo que sí podemos tener claro es esto: Dios nunca pedirá decisiones sobre cosas que no nos ha revelado. Lo que sí nos ha revelado con toda claridad es que quiere que amemos al prójimo, que vivamos las virtudes, que desarrollemos los dones que nos ha dado, que llevemos una vida ordenada, que cuidemos la vida interior y recibamos los sacramentos. Eso ya lo sabemos con certeza. Y si alguien pregunta «vale, ¿pero algo más?», la respuesta es que Dios no obliga a responder preguntas que todavía no ha hecho. A veces solo pide quedarse donde se está, santificando la vida cotidiana.
La vocación más asombrosa de la historia ilustra esto muy bien. El ángel Gabriel fue enviado a una pequeña aldea, Nazaret, para anunciar a una joven llamada María que concebiría al Hijo del Altísimo: sería la madre de Dios. Ella respondió: «Hágase en mí según tu palabra». Y lo llamativo es lo que sigue inmediatamente en el relato: «el ángel se retiró de su presencia». No se queda marcándole cada paso siguiente. A partir de ahí, María tiene que caminar y decidir, momento a momento, con lo que ya le había sido revelado. Las certezas de Dios no funcionan como un guion detallado de «ahora esto, luego lo otro»; funcionan dándonos, en cada momento, la certeza que necesitamos, junto con la promesa de fondo: «no temas, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas». Lo que Dios quiere hoy ya nos lo ha revelado; si no ha mostrado un cambio o un paso nuevo, no hay por qué preocuparse: basta con la certeza de que él está siempre con nosotros, como dijo Jesús: «yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
Nuestra sociedad tiende a estructurarlo todo como si hubiera un calendario obligatorio: acabas el colegio, haces una carrera, quizá un máster, y para entonces ya «deberías» tenerlo todo claro, casarte o decidir tu vocación. Pero eso no es así. No existe una edad perfecta para descubrir el propio camino. Cada persona tiene su ritmo: hay quien con dieciocho años ya está asentado, quien lo descubre en la universidad, quien lo encuentra después de años trabajando. Los tiempos de Dios, no los que marca la sociedad ni tampoco los propios —que pueden ser muy subjetivos—, son los que de verdad importan. Como dice un salmo: «espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo».
Basta mirar a nuestro alrededor para verlo: gente que terminó la carrera a los veintiuno y no encontró trabajo hasta los veintisiete; otros que se graduaron a los veintiocho y lo encontraron al instante; personas que nunca fueron a la universidad y hallaron su vocación a los dieciocho; personas que siguieron el plan «perfecto» —trabajo estable a los veintidós, buen sueldo— y acabaron odiando lo que hacían; quienes tenían clarísimo su futuro a los quince y cambiaron por completo a los veintiséis. Todo eso sucede según lo que aquí se llama «el reloj de Dios». Algunos ejemplos históricos lo confirman: san Ignacio de Loyola se convirtió a los treinta años y fundó la Compañía de Jesús a los cuarenta y tres. Madre Teresa comenzó las Misioneras de la Caridad a los cuarenta. San Agustín, tras probar muchos caminos, tener un hijo y enfrentarse durante años a la Iglesia, se bautizó a los treinta y tres y fue ordenado obispo a los cuarenta y uno. Como dice la Escritura: «así como el cielo es más alto que la tierra, así mis caminos son más altos que los vuestros, y mis planes más que vuestros planes».
Los tiempos de Dios son distintos para cada uno, pero son perfectos. Graduarse a los treinta en lo que a uno le gusta sigue siendo un logro. No estar casado a los treinta y cinco, pero ser feliz, es hermoso. Empezar una familia a los treinta y ocho sigue siendo perfectamente posible. Lo importante no es cuándo se empieza, sino cómo se termina. Y mientras Dios no muestre con claridad un paso nuevo, la tarea no es quedarse triste esperando una señal, sino vivir lo mejor posible lo que ya se sabe con certeza: la vocación a ser santo, a amar y a ser feliz, aquí y ahora.
Para leer en el Evangelio
- Lucas 1,26-38: la Anunciación a María y su «hágase en mí según tu palabra».
- Mateo 28,20: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
- Isaías 55,8-9: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos».
- Salmo 27 (26),14: «Espera en el Señor, sé valiente y ten ánimo; espera en el Señor».
- Josué 1,9: «No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas».
Preguntas para la reflexión
- ¿En qué área de mi vida estoy «viviendo en la espera» (cuando tenga esto, cuando pase aquello) en lugar de intentar ser feliz y fiel hoy, en mi situación actual?
- ¿Qué certezas concretas me ha dado Dios ya, sobre las que no necesito más señales para empezar a vivir?
- ¿Me comparo con los tiempos de otras personas de mi entorno? ¿Qué cambiaría si confiara en que mi propio ritmo también puede ser «perfecto»?


