¿Te has preguntado alguna vez para qué has nacido? La vocación es una llamada de Dios, aquello que ha soñado para que seas feliz. Podría resumirse en una frase: hay dos días importantes en la vida, el día en que naces y el día en que descubres para qué. Ese «para qué» es tu vocación: una misión concreta en el mundo, la aventura más grande que jamás hubieras podido imaginar. Dios no te ha creado sin sentido para luego olvidarse de ti; te ha creado con un plan único, personal, intransferible, que además coincide con tu propio deseo de felicidad. Tú y yo tenemos un deseo infinito de ser felices, y Dios te dice: «yo tengo el plan perfecto para que lo seas».
Es normal ponerse delante de Dios en oración y preguntarle cuál es ese plan, y sentir que no contesta enseguida. Esta incertidumbre no es nueva: siglos antes de Cristo ya se rezaba «Señor, enséñame tu camino». Pero en realidad ya sabemos algo esencial: Dios quiere, hoy y ahora, que seas santo, es decir, que seas feliz. El sueño de Dios es que todos lleguemos a la santidad, y él mismo se encargará de ir mostrando el camino concreto para que ese sueño se cumpla.
Solemos reducir la idea de vocación a «debería ser sacerdote o monja» o «debería casarme», pero esa es una idea muy pequeña. La vocación tiene, en realidad, dos sentidos. El primero nunca cambia y es igual para todos: la llamada universal a la santidad, es decir, a amar a Dios y a los demás, a vivir como vivió Jesús, seas soltero, casado, sacerdote o religioso. Esta vocación a la santidad es el camino de la felicidad y da sentido a la vida de cualquier persona, sea católica, de otra religión o sin fe. Lo esencial, por encima de todo, es vivir de amor a Dios y a los demás.
El segundo sentido es el que normalmente pensamos cuando hablamos de vocación: el matrimonio o la vida consagrada. La vocación matrimonial es la vocación natural de la mayoría de las personas, y se concreta al encontrar a alguien con quien compartir la vida. La vocación al sacerdocio o a la vida religiosa es una llamada a seguir a Jesús de forma exclusiva, sirviendo a los demás. En cualquier caso, toda vocación es siempre de entrega. Y quien esté soltero, viudo, o no haya encontrado el amor de su vida, no está «en tierra de nadie»: también tiene una vocación a amar a Dios y a hacer felices a quienes tiene cerca. Lo único que no existe es la «vocación al soltero de oro», entendida como vivir solo para uno mismo.
¿Cómo se descubre esta vocación, en su segundo sentido? Lo primero es entender que no se inventa, se descubre. Un cristiano no es un inventor, es un descubridor: igual que un astrónomo no crea un planeta nuevo, sino que lo encuentra, la vocación ya existe en el sueño que Dios tiene para cada uno; el reto es descubrirla. La primera gran señal para discernirla es la paz y la alegría. Como decía Madre Teresa de Calcuta, «la vocación da paz». Cuando alguien empieza a plantearse el sacerdocio, o unos novios se plantean casarse, y esa idea les llena de ilusión y de paz interior, suele ser una buena señal, aunque no la única. Y conviene tener claro algo importante: solo cada uno sabe cuál es su propia vocación. Nadie puede decidir por otro, igual que nadie decide de quién debe enamorarse otra persona. Es un diálogo de intimidad entre Dios y cada uno, aunque la Iglesia y las personas de confianza puedan ayudar a discernirlo.
Hay al menos tres maneras de escuchar esa llamada. La primera es la oración: Dios habla en lo íntimo del corazón, no a gritos, sino en el silencio, como los enamorados, respetando siempre la libertad de cada uno. Un buen ejemplo es la historia de un compañero de seminario en Río de Janeiro que fue a un retiro solo buscando fútbol y chicas, y allí, rezando con el Evangelio, sintió resonar en su corazón las palabras «ven y sígueme», y después «te basta mi gracia». Así descubrió su vocación. La Escritura, en este sentido, es como una carta que Dios escribe a cada alma.
La segunda manera es a través de los acontecimientos de la propia historia personal. Muchas cosas de nuestra vida no las elegimos —dónde nacimos, nuestra familia, nuestra salud—, y en todas ellas Dios también habla: un encuentro que no salió como esperábamos, una pérdida, un proyecto que salió adelante, una caída que llevó a descubrir la misericordia de Dios. Varios santos descubrieron su vocación de esta manera: san Ignacio, tras ser herido en una batalla y leer la vida de Cristo y de los santos; san Francisco de Asís, en una enfermedad y al encontrarse con un leproso; san Josemaría Escrivá, al ver las huellas en la nieve de un fraile carmelita; Madre Teresa de Calcuta, al conocer en su parroquia a sacerdotes jesuitas que habían sido misioneros en la India; santa Teresita de Lisieux, viendo la vida de piedad de sus padres y hermanas. Con el tiempo, mirando atrás, se puede leer cómo todo lo vivido —lo bueno para dar gracias, lo difícil para crecer en humildad y descubrir la misericordia de Dios— ha ido llevando a cada uno hasta donde está ahora.
La tercera manera es a través de las personas, especialmente en la dirección espiritual. A veces un comentario que para otros pasaría inadvertido nos toca el corazón con una fuerza especial, y en ese instante parece que los sentidos se agudizan para escuchar con más claridad. Muchas vocaciones matrimoniales, sacerdotales o religiosas han nacido así: en una conversación, incluso en un comentario aparentemente sin importancia. Y hay un lugar privilegiado para esto: la dirección espiritual, hablar con confianza con una persona con experiencia de Dios que ayude a interpretar correctamente los signos de la propia vida. Solo cada uno puede saber, en último término, cuál es su vocación, pero todos necesitamos que alguien nos ayude a mirar desde fuera.
La invitación, en definitiva, es sencilla: hacer silencio en el corazón para escuchar lo que Dios ha soñado, primero la vocación a la santidad que es común a todos, y después lo concreto que Dios quiera para cada vida, de modo que tenga sentido y sea plenamente feliz.
Para leer en el Evangelio
- 1 Samuel 16,7: «El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (la elección de David).
- Mateo 4,18-22: la llamada de los primeros apóstoles, pescadores sencillos.
- 2 Corintios 12,9: «Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad».
- Salmo 25 (24),4-5: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas».
- Marcos 1,17: «Venid y seguidme».
Preguntas para la reflexión
- ¿En qué momentos de silencio, oración o lectura de la Palabra he sentido alguna vez que Dios me hablaba con especial fuerza al corazón?
- Mirando mi propia historia —lo bueno y lo difícil—, ¿qué acontecimientos reconozco ahora que me han ido llevando hasta donde estoy?
- ¿Hay alguna persona, comentario o conversación que en su momento «me tocó el corazón» y que quizá no he terminado de escuchar?


